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Parecía un sueño

Buenas tardes, o lo que sea en España. Mientras escribo estas líneas estoy reposando la comida en una hamaca colgada en lo alto de una colina de la selva desde donde puedo ver, a un lado las playas del océano atlántico plagadas de pescadores que llegan de pescar mientras los niños saltan de alegría a su lado porque saben que hoy tendrán para comer, al otro lado tengo hasta donde me alcanza la vista, verde por doquier. Me atrevería a decir que es el pulmón de toda la mierda que se respira en España.

Ha sido un día duro. Desde primera hora de la mañana hemos estado recorriendo toda la isla en moto. Desde la boca del infierno hasta los poblados de emigrados de Angola. Hoy el hospital nos ha dado un respiro y nos hemos tomado el día libre para conocer todos esos rinconcitos tan especiales que ya veréis en las fotos.

Con una libreta en la mano y en la otra un boli, escribo estas líneas mientras tarareo algunas estrofas de Sabina y me miran con cara de quién cantará esas cosas, qué blanco tan raro.

Y ahora me ha dado por pensar en lo buenos que son mis compañeros de cooperación. Uno se siente como en casa con toda esta gente, y eso que hace apenas unas semanas eran unos completos extraños. Y, sin embargo, he compartido con ellos mucho más que con cualquiera. Quizás sea la experiencia en sí, este continente tan especial, o simplemente sea la gente que lo habita. No lo sé.

Cuando te pasas las noches cantando en las playas de Jalé, o jugando a ser tarzán en las cascadas de Bombaín, cuando la amistad se basa en vínculos ligados a experiencias únicas con personas extrañas en tierras remotas con las que compartes todo… sabes que has dado con alguien especial.

Y ahora, mientras trato de dar una cabezadita, me encuentro en este silencio relativo de la selva, tan lleno de sonidos sacados de un cuento de hadas…

Me había quedado dormido, lo siento. Me dicen que nos vamos a buscar estrellas de mar…

He rescatado unas líneas olvidadas de un rincón de la maleta. Qué cortas se quedan las palabras cuando intentas describir el paraíso.


…y de nombre Esperanza

Más de 50 playas después y muchas noches en vela buscando tortugas logramos ver los primeros ejemplares: enormes, casi gigantes, de más de 500 Kg y con cientos de años, de una belleza varada en la prehistoria.

No las vimos desovando, ni en libertad. Estaban en el puerto de Portoalegre, habían sido capturadas y ahora esperaban su muerte lenta y agoniosa, bocabajo y asfixiándose. Una muerte que se prolongaría durante tres días. Terrible.

La segunda vez que conseguimos ver de nuevo más ejemplares estaban colgadas de la pared. En un taller de artesanos clandestinos en la capital de São Tomé. Allí reposaban embalsamándose, secándose al sol o siendo comidas por las moscas. Más terrible si cabe todavía.

No conseguimos ver ni un solo ejemplar en libertad a pesar de todas las noches y kilómetros recorridos por las playas del precioso continente africano. Todos parecían ajenos al problema de la muerte de un animal apunto de extinguirse. ¿De qué sirve una ley internacional si el policía corrupto está a la orden del mejor postor?

Pasaron los días y seguimos viendo muerte. Todo bien guardado en nuestras cámaras de fotos y bajo llave para entregarlo a las autoridades.

Finalmente, y con más suerte que pericia, logramos encontrarnos con Hipólito. La historia de Hipólito es de esas historias que cuando las escuchas de la boca de su protagonista te deja mucha huella. Hipólito desde niño fue pescador, más tarde, ya de adulto y viendo que la caza furtiva de tortugas daba más dinero, en el seno de una familia pobre era un negocio brillante. Se dedicó toda su vida precisamente a eso, a cazar tortugas. Llegó a ser el mejor pescador de tortugas de todas las costas de África.

Y aquí me encontraba yo, en una pequeñita playa de Morropeixe hablando con él. Más tarde, Hipólito dejó la caza furtiva y fundó una de las más importantes asociaciones de protección de tortugas que existen actualmente: Marapa.

Intercambiamos teléfonos y ese mismo día me invitó por la noche a ver huevos, nidos, tortugas que apenas caben en la mano, recién nacidas e incluso de una tonelada.

Me fui con él a verlas desovar y recibimos una llamada que nos decía que habían encontrado un ejemplar, que teníamos quince minutos para llegar a verla y allí fuimos, a casi cien por medio de la selva. Al llegar donde la habían capturado, para nuestra desgracia, fue cazada furtivamente así que nos tocó comprarla por 500.000 dobras para impedir su muerte. La cargamos en nuestro vehículo y nos la llevamos, fue anillada, identificada y puesta en libertad. Le pusimos de nombre Esperanza.

Al amanecer nos tomamos unas cervezas con Hipólito y, cuando nos despedimos, me dijo unas palabras que jamás podré olvidar: “tienes la llave de mi corazón si cuando vuelvas a España cuentas la realidad sobre las tortugas, lo de hoy ha sido bonito, pero la realidad en África es bien distinta”.


Deshechos de recuerdos de São Tomé

Bienvenidos a África, donde las enfermedades se curan con licor de kacharamba y las penas de amor se pasan a golpe de machete. Donde tener un hijo es tan fácil como bailar una canción, y dejarlo morir es una consecuencia justificable. El paraíso de unos pocos privilegiados, y la cárcel de muchos. Porque aquí quien pasa hambre es porque prefiere gastar en alcohol para escapar de su realidad. Donde se juegan la vida día tras día trabajando por unos céntimos. Donde los niños no lloran porque saben que no tendrán para comer.

Aquí las enfermedades olvidadas no se ven en los libros, porque no hay libros. Se te graban en la retina, porque aquí no están tan olvidadas, porque ves morir de ellas a amigos cercanos.

Bienvenidos a África, donde los niños se arrastran por el suelo, y los no tan niños los matan por no cargar con ellos en su espalda ya doblada. Donde los perros duermen en la carretera porque también prefieren morir que vivir.

Desde que estuve aquí he tratado de estar lejos de las rutas de turistas, viviendo en la selva. He esquivado machetes y he sido arrastrado por lluvias torrenciales. He estado en los poblados de los nativos, curándoles. He bajado barrancos a golpes y me he hundido en el mar por navegar en pateras de madera. Creo que puedo decir después de todo lo que he vivido que soy un esclavo de este continente tan vivo y muerto a la vez, de su selva, donde nunca se deja de morir, y donde nunca se para de vivir.

Al llegar a España solo me he encontrado respirando contaminación. He vuelto a casa mezclándome con la gente de la calle y me he sentido un completo extraño. Esta experiencia me ha abierto heridas muy profundas, tan profundas que me han dejado cicatrices para el resto de mi vida. Y aquí estaré, para contarlo

David Juste


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