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“…por una Europa de los pueblos y del verdadero bienestar”

No suelo escuchar la radio, prefiero la prensa escrita y, en cualquier caso, esto que escuché fue de manera accidental. Andaba ayer tarde escuchando ‘Asuntos propios’ en radio nacional, cuando encontré a una señora que dijo las cosas, en directo, como hay que decirlas, tan claras y con tanta razón que incluso dejó noqueado al presentador, Antonio Garrido.

No os enredo más, podéis escuchar a Rosa entre los minutos 23:30 y 28:00 en el siguiente enlace:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/asuntos-propios/asuntos-propios-segunda-hora-13-12-11/1272276/

 

 


“Carta a María”

No me quería ir a África sin despedirme. Y así, a modo de despedida, dejo unos párrafos de Pérez-Reverte que considero son el mejor regalo de todo lo que ha escrito a lo largo de su vida. Saludos desde el continente que dio origen al género humano, y hasta que vuelva.

 

Tienes catorce años y preguntas cosas para las que no tengo respuesta. Entre otras razones, porque nunca hay respuestas para todo. Y además, he pasado la vida echando la pota mientras oía a demasiados apóstoles de vía estrecha, visionarios y sinvergüenzas que decían tener la verdad sentada en el hombro. Yo sólo puedo escribirte que no hay varitas mágicas, ni ábrete sésamos. Esos son cuentos chinos. De lo que sí estoy seguro es de que no hay mejor vacuna que el conocimiento. Me refiero a la cultura, en el sentido amplio y generoso del término: no soluciona casi nada, pero ayuda a comprender, a asumir, sin caer en el embrutecimiento, o en la resignación. Con ello quiero sugerirte que leas, que viajes, y que mires.

Fíjate bien. Eres el último eslabón de una cadena maravillosa que tiene diez mil años de historia. De una cultura originalmente mediterránea que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica, que luego se hace romana y fertiliza al Occidente que hoy llamamos Europa. Una cultura que se mezcla con otras a medida que se extiende, que se impregna de Islam hasta florecer en la latinidad cristiana medieval y el Renacimiento, y luego viaja a América en naves españolas para retornar enriquecida por ese nuevo y vigoroso mestizaje, antes de volverse Ilustración, o Fiesta de las Ideas, y Ochocentismo de revoluciones y esperanzas. 0 sea, que no naciste ayer.

Para conocerte, para comprender, lee al menos lo básico. Estudia la Mitología, y también a Homero, y a Virgilio, y las historias del mundo antiguo que sentó las bases políticas e intelectuales de éste. Conoce al menos el alfabeto griego y un vocabulario básico. Estudia latín si puedes, aunque sólo sea un año o dos, para tener la base, la madre del universo en que te mueves. Da igual que te gusten las ciencias: ten presente – como siempre recuerda Pepe Perona, mi amigo el maestro de Gramática -, que Newton escribió en latín sus Principia Mathematica, y que hasta Descartes toda la ciencia europea se escribió en esa lengua. Debes hablar inglés y francés por lo menos, chapurrear un poco de italiano, y que el estudio del gallego, del euskera, del catalán, que tal vez sean tus hermosas y necesarias lenguas maternas, no te impida nunca dominar a la perfección ese eficaz y bellísimo instrumento al que aquí llamamos castellano y en todo el mundo, América incluida, conocen como español. Para ello, lee como mínimo a Quevedo y a Cervantes, échale un vistazo al teatro y la poesía del Siglo de Oro, conoce a Moratín, que era madrileño, a Galdós, que era canario, a Valle-Inclán, que era gallego, a Pío Baroja, que era vasco. Rastrea sus textos y encontrarás etimologías, aportaciones de todas las lenguas españolas además de las clásicas y semíticas. Con algunos de ellos también aprenderás fácilmente Historia, y eso te llevará a Polibio, Herodoto, Suetonio, Tácito, Muntaner, Moncada, Bernal Díaz del Castillo, Gibbon, Menéndez Pidal, Elliot, Fernández Álvarez, Kamen y a tantos otros. Ponlos a todos en buena compañía con Dante, Shakespeare, Voltaire, Dickens, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Melville, Mann. No olvides el Nuevo Testamento, y recuerda que en el principio fue la Biblia, y que toda la Historia de la Filosofía no es, en cierto modo, sino notas a pie de página a las obras de Platón y Aristóteles.

Viaja, y hazlo con esos libros en la intención, en la memoria y en la mochila. Verás qué pocos fanatismos e ignorancias de pueblo y cabra de campanario sobreviven a una visita paciente a El Escorial, a una mañana en el museo del Prado, a un paseo por los barrios viejos de Sevilla, a una cerveza bajo el acueducto de Segovia. Llégate a la Costa de la Muerte y mira morir el sol como lo veían los antiguos celtas del Finis Terrae. Tapea en el casco viejo de San Sebastián mientras consideras la posibilidad de que parte del castellano pudo nacer del intento vasco por hablar latín. Observa desde las ruinas romanas de Tarragona el mar por el que vinieron las legiones y los dioses, intuye en Extremadura por qué sus hombres se fueron a conquistar América, sigue al Cid desde la catedral de Burgos a las murallas de Valencia, a los moriscos y sefardíes en su triste y dilatado exilio. En Granada, Córdoba, Melilla, convéncete de que el moro de la patera nunca será extranjero para ti. Y sitúa todo eso en un marco general, que también es tuyo, visitando el Coliseo de Roma, la catedral de Estrasburgo, Lisboa, el Vaticano, el monte San Michel. Tómate un café en Viena y en París, mira los museos de Londres, descubre una etimología almogávar en el bazar de Estambul o una palabra hispana en un restaurante de Nueva York, lee a Borges en la Recoleta de Buenos Aires, sube a las pirámides de Egipto y a las mejicanas de Teotihuacán. Si haces todo eso o al menos sueñas con hacerlo, conocerás la única patria que de verdad vale la pena.


Walden Dos

¿Qué decir sobre la economía y sobre el gobierno? No estoy demasiado seguro. Analícense las siguientes propuestas económicas. La primera corresponde al Walden de Henry David Thoreau: al reducir la cantidad de bienes de consumo, reducimos el tiempo que dedicamos a un trabajo ingrato. La segunda parece afirmar lo contrario: todos debemos consumir al máximo a fin de que todos tengan su puesto de trabajo. Yo tengo a la primera por la más razonable, pese a que la segunda sea defendida hoy en día por mucha gente. Cabría argumentar, en efecto, que si tuviésemos que convertirnos en una red de pequeñas comunidades, necesaria para esta empresa, la economía se iría por los suelos. Sin embargo, algo va mal cuando lo que hay que salvar es el sistema y no la forma de vida a la que el sistema debería servir.

¿Qué decir del gobierno? ¿Podríamos subsistir sin la existencia de un gobierno federal? Y sin embargo, ¿hasta qué punto nos es necesario? La única razón que aboga por la experiencia de un inmenso departamento federal es que millones de personas se encuentran atrapadas en espacios vitales desmesurados, impracticables. Precisamente lo contrario a lo que se propone Skinner, en Walden Dos.

Un Estado que se define a través de controles represivos, formales, legales y sociales basados en la fuerza física no es preciso para el desenvolvimiento de la civilización y pese a que este Estado tenga un peso real en nuestro desarrollo, quizás estemos en condiciones de pasar a un nuevo estadio.

Supongamos que sabemos qué se necesita para vivir bien, ¿cómo lo haremos efectivo? De una manera casi instintiva, variamos las cosas por medio de la acción política: promulgamos leyes, votamos a nuestros dirigentes. Pero hay mucha gente que comienza a sentirse insegura. Ha perdido la fe en un proceso democrático en el que la llamada voluntad del pueblo está evidentemente controlada mediante procedimientos no democráticos. Y sigue subsistiendo la duda por lo que respecta a si un gobierno basado en unas sanciones punitivas es el adecuado cuando lo que debemos hacer es resolver los problemas a través de medidas no punitivas.

En la actualidad, se acepta casi plenamente que son precisos grandes cambios. ¿Qué mejor, que hacerlo basado en las tesis de uno de los mayores científicos conductistas que jamás ha existido?

Algunas reflexiones con B. F. Skinner, Enero de 1976.

Walden Dos. Hacia una sociedad quasi perfecta, construida científicamente.


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