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11 – S

Imaginemos por un momento que los terroristas de Al-Qaeda hubiesen llegado hasta el extremo de bombardear la Casa Blanca, matar al presidente, imponer a un despiadado dictador militar que asesinara a 30.000 americanos y torturara a miles, y estableciera en EEUU un foco internacional que expandiese el terror y la tortura en el mundo y promoviera una campaña internacional de asesinatos; y para rematar reuniera a un equipo de economistas (podrían llamarse ‘los kandahar boys‘) que abocaran a la economía a una de las crisis más agudas de la historia.

Es evidente que eso hubiera sido mucho peor que el 11-S. Nadie puede discutirlo.

Desgraciadamente no se trata de un experimento mental. Ocurrió en Chile el día en que EEUU consiguió derrocar al presidente democráticamente electo Salvador Allende e imponer un régimen terrorista, torturador y asesino, además de usar el país como experimento para las políticas neoliberales de los chicago boys encabezados por Milton Friedman (con desastrosos resultados).

Me gustaría que muchos dejasen de lado la propaganda occidental que les lava el cerebro para así poder preguntarse: ¿quiénes son los terroristas?.

Noam Chomsky, sobre el 11-S.


A los mineros de Asturias

Estimado compañero,

Lo primero que quiero hacer es presentarme. Me parece la mayor muestra de deferencia por mi parte hacia ti, que lees esto. Ruego que me permitas tutearte. Vivo a cientos de kilómetros de las cuencas mineras donde plantáis batalla por vuestros puestos de trabajo y vuestra dignidad. Concretamente en Alicante, en la tierra donde los casos de corrupción, para desgracia de las personas decentes que vivimos aquí, están a la orden del día y nos han hundido en la miseria más absoluta. Soy profesor. O mejor dicho trabajador de la enseñanza pública, porque siempre he tenido claro a que clase pertenezco y a cual no. Alguien que se va a la calle como 8.000 personas más en el País Valenciano. Alguien que sabe que su carta de despido está escrita desde enero. Alguien que ha dado toda la energía que tenía y que no tenía en tratar de mover a un sector donde el conformismo, la falta de conciencia de clase, el aburguesamiento, la falta de empuje, tras años de desmovilización, nos ha llevado a donde nos lleva a muchos: al matadero del paro, a no volver a trabajar en nuestra profesión posiblemente.

En 30 días dejaré mi puesto de trabajo para no volver más. Puesto de trabajo que me encantaría defender con uñas y dientes, con arrojo minero, pero donde soy consciente que solo somos cuatro gatos los que estaríamos dispuestos a imitaros. He llegado a llorar amargamente, como un débil, como un derrotado, de rabia e impotencia, ante el triste panorama que se vislumbra. Ante la desdicha de comprobar cómo las protestas que realizábamos nosotros tenían un tinte festivo y creativo que no ha servido para nada. El 30 de junio nos vamos a la calle. Como se dispuso en enero. Como si no hubiéramos realizado 11 manifestaciones, tres encierros, miles de horas de concienciación, cuatro días de huelga…. Como si siguiese siendo enero, ese enero en el que nosotros pasamos a pagar el pato de lo que otros habían robado, mangado y saqueado en nuestra tierra valenciana.

De todas formas, me repongo con facilidad. No me rindo. Lucho por concienciar en mi trabajo, aunque a veces me decepcione ver que choco contra mil paredes. Contra un colectivo donde muchos de sus miembros, teniendo un sueldo más modesto que tú, se creen de una clase media a la que jamás han pertenecido. La clase media no se va al paro. Eso lo sabéis muy bien en la mina. Eso lo sabéis muy bien en Mieres, en Pola, en Cangas, en Astorga, en Ribadesella. También en León y en el Bierzo, como en Teruel y Aragón. Mi tarea de concienciación es dura e ingrata: soy despreciado, insultado, menospreciado, tachado de radical y de “antiguo”. Lo moderno es hacer una manifestación con folclore. Cualquiera con dos dedos de frente ve para que ha servido esas manifestaciones que la prensa del poder aplaude. A casi treinta días de irme a la calle, tú tienes la culpa de haber cargado de energía a este trabajador de la enseñanza. “¡Que exagerado!, dirás. No creas que exagero, compañero minero. Compañero si, compañero, porque tengo claro que tú y yo pertenecemos a la misma clase. Que yo no soy “clase media”. Soy como tú. Recibo un salario por mi trabajo, si trabajo comeré este mes y el que viene, si me echan igual no tengo para poder comer… Nos parecemos mucho, aunque a veces algunos piensen que no. Y es que habéis conseguido despertar mi aprecio y mi admiración. No exageraría si os dijera que también mi más profunda veneración. Esta vez se me han saltado también las lágrimas, pero de orgullo. De admiración.

He seguido muy de cerca, a través de las redes, todas las movilizaciones. Todas vuestras protestas. Viendo el coraje y el arrojo al defender vuestros puestos de trabajo, que es lo que deberíamos hacer todos y todas en este país. La valentía de mirar por vuestras condiciones de vida y la de los vuestros, en lugar de tener complejos de “que dirá la tele o que dirá la prensa”. Os han silenciado y machacado, criminalizando vuestras reivindicaciones. Pero eso os ha dado igual, porque la prensa del poder no os da de comer. Vosotros tenéis claro que coméis del puesto de trabajo y eso os lleva a defenderlo como toca y a luchar como toca. Nunca los acomplejados han conseguido nada, a la vista está en los libros de Historia que yo enseño a mis chavales. Sois verdaderamente admirables. Habéis declarado la huelga indefinida, sin plantearos si perdíais un día el salario, como muchos hacían en mi centro de trabajo, repitiendo como papagayos que “una huelga no servía para nada”. Pero una huelga no para montar una tamborada o una marcha de la música, sino para deleitar con música de lucha a los que apaleaban a los estudiantes del IES Lluis Vives. A esos que, ante vosotros, se postran a vuestros pies porque os temen. A esos sucios mercenarios del Estado que se ensañaban con los estudiantes pero que estaban acojonados y nerviosos ante vuestra firmeza y empuje. A esos que temblaban al oir vuestros decididos pasos sobre las autovías del norte y del centro. Ayer en Madrid disteis una nueva lección de dignidad. De dignidad de clase y de dignidad como personas. Cuando os hicisteis notar en la capital del Estado. Cuando Madrid entera y el estado supo que vuestros pies caminaban sobre la capital. Recuerdo vuestros lemas, recuerdo lo que “no estamos indignados, estamos hasta los cojones”. Se me ha quedado grabado cuando recriminabais a la Policía por dejar a su compañero Policía herido desprotegido. A pesar de que son nuestros rivales, deportividad. La que ellos no tuvieron, como las ratas que son, cuando fueron a traición a detener a un manifestante cuando estaba cerca del autobús, entre nueve, sonriendo de forma repugnante y haciendo comentarios despectivos ante “la caza que habían organizado”. El que es persona, actúa como tal; el que es un miserable mercenario, también. Y todos pudimos verlo.

Sólo me queda darte, aunque no lo necesites, mis ánimos y mandarte desde Alicante un caluroso abrazo, deseando que consigáis para vosotros y vuestras familias todo aquello que reivindiquéis. Porque sois ejemplo. Sois la vanguardia y el ejemplo a seguir en todas aquellas movilizaciones que existan. Aunque los acomplejados y los alienados ladren y os insulten. Sois el ejemplo de cientos de miles de trabajadores. Yo trabajo en un sector en el que hay gente con vuestra misma voluntad, pero somos pocos, de momento. Por ello, este profesor, hoy, es un alumno con ganas de aprender de ti, de tu forma de luchar, de tu grado de concienciación. Porque en este caso los profesores de la lucha sois vosotros. Y nos habéis dado a todos, a todos los trabajadores y las trabajadoras, una lección muy importante. La lección de cómo se defiende lo propio, de solidaridad, de firmeza astur-leonesa, de valentía dinamitera, de coraje obrero.

Simplemente, para acabar, agradecerte que hayas leído esta misiva y la hagas llegar a todos esos “profesores de la lucha” de la minería. Aquí, un alumno profesor que os admira y os respeta. Un saludo cordial de un compañero, trabajador de la Enseñanza Pública, llamado Julián Jiménez.


Indignados no, furiosos.

El poder aspira a perpetuarse y detesta los cambios. Forma parte de su propia naturaleza, es una cualidad intrínseca de los que mandan: no ceder ninguna de las prerrogativas de su status. Para seguir moviendo los hilos, las cosas deben continuar como están. Ante cualquier tentativa por transformar la sociedad, tradicionalmente el poder ha reaccionado con violencia. La historia ha sido testigo de múltiples represiones y revoluciones sanguinarias: 1789, 1830, 1848, 1917… Pero la brutalidad ha sido estigmatizada y ya no es un método tolerable. El poder no puede justificarse con la fuerza bruta y necesita otros procedimientos más refinados para conseguir su objetivo de perpetuación. Frente a los indignados, políticos y medios de comunicación han puesto en funcionamiento una alternativa más suave a la violencia. Es lo que me atrevo a llamar como dialogo unívoco. Me explico:

Hace aproximadamente un año, surgió el movimiento del 15-M por acción de las redes sociales e improvisadas convocatorias en plazas públicas. Este despliegue humano tuvo eco en los medios de comunicación, que le imprimieron connotaciones románticas, con guiños al 68. Algunos políticos, de los que se autollaman de izquierdas, expresaron afinidades con el movimiento (pero respetando las distancias,). Las reuniones fructificaron en una serie de reclamaciones, que se colgaron en las plazas o circularon por Internet. La mayoría de puntos tratados eran de índole político (eliminar el senado, suprimir las pensiones vitalicias que los políticos obtienen tras ocho años ocupando el cargo, un sistema electoral más abierto, eliminar las injerencias del gobierno en la justicia, mayor transparencia en la gestión pública), pero también había sociales (mantener el estado del bienestar), culturales (medios de comunicación verdaderamente abiertos que reflejen todos los puntos de vista) y económicas (una de muy importante: conocer el montante de dinero que los poderes públicos han entregado a los bancos y revelar cuál es la escandalosa diferencia entre el bajo tipo de interés con el que se les ha beneficiado y el más alto que sufren los Estados para cubrir su deuda soberana).

Si las multitudinarias reuniones del 15-M tuvieron eco en los medios de comunicación, no sucedió lo mismo con las cuestiones de fondo.

Un año más tarde, podemos afirmar que TODAS las peticiones de los indignados han caído en pozo vacío. El problema es grave, porque no es que se haya cambiado nada (que no se ha cambiado nada), es que ni tan siquiera los políticos han dado respuestas, ni tienen la intención de hacerlo. Ellos, que son servidores pagados por la población (y para ello viajan en mercedes o en primera clase), no han dedicado ni un segundo a estas peticiones. Quizás no seamos mayoría, pero merecemos, al menos, un mínimo de atención. ¿Alguien ha escuchado al presidente Mas, que tanto se enfureció cuando una muchedumbre le asedió en la puerta del Parlament, referirse de la pensión vitalicia que cobran? ¿Ha explicado el “dúo calvicie” (ministros economía y hacienda) cuanto dinero han entregado a los bancos, a qué tipo de interés y cuándo éstos lo devolverán? ¿Por qué no culpan a las entidades financieras de la crisis de la deuda soberana, cuando el principal motivo de que los Estados estén empeñados hasta las cejas es a causa del dinero que tuvieron que entregar a los bancos? ¿Hay alguna intención de eliminar el senado, una institución cuya única función es la de entorpecer el desarrollo legislativo? ¿Van a crear una estructura judicial verdaderamente independiente, cuando la envejecida Constitución permite que los políticos designen a los miembros del Constitucional o del CGPJ? Ellos no van a responder a ninguna de estas preguntas. No lo duden. No lo van hacer porque abordar estas cuestiones significaría afrontar cambios profundos. Ellos son el poder y su misión más importante es conservarlo. Bloquearán cualquier protesta y se escudarán tras un obsesivo mensaje: estamos en crisis y para enfrentarnos a ella hay que llevar a cabo recortes (amplios para el gobierno, menores para la oposición). Todo, absolutamente todo, se justifica dentro de las leyes del ciclo económico.

En ejercicio de un descarado cinismo dicen que comprenden los motivos, pero evitan cualquier comentario sobre los mismos. Esto es lo que llamo el modelo del diálogo unívoco: el dialogante A (indignados) pide reformas públicamente para profundizar en la democracia y en la justicia, mientras que el dialogante B (poder) dice que comprende pero no responde. Nunca había habido tantos periódicos y canales de TDT y nunca la versión de la realidad política había sido tan monótona e insulsa. Periodismo de anestesia. Los indignados, arrinconados como disidentes clandestinos, se enfrentan a un diálogo injusto, pues sus oponentes disponen de un apabullante despliegue de mass media. Ambas partes pretenden o aparentan conversar, se dirigen una a la otra, pero lo hacen de forma unívoca, sin feed-back, es como relacionarse con una pared. Una pared de políticos y entidades unidos por la misma argamasa: el dinero. Porque detrás del poder, no lo olviden, está el dinero. Este dinero que fluye por la economía como las sangre en nuestras venas y que siempre pasa por el mismo corazón: los bancos. Sindicatos, partidos políticos, empresas, medios de comunicación, todos van a morir al mismo destino: los préstamos bancarios. Nunca muerdas a la mano que te da de comer. Pero los indignados no tienen ninguna mano que les de de comer. Y lo que es aún más digno, la mayoría no la quieren. De lo que piden, puede resumirse en tres conceptos clave: democracia real, transparencia y justicia. Democracia real, porque la democracia sigue en crisis. Una verdadera democracia debería permitir el cambio, cuando éste sea necesario, con un gobierno abierto a las nuevas exigencias de la realidad y no obstinado en mantenerse a toda costa. Pero seguimos dirigidos por una institución arcaica, rígida y refractaria.

El poder pretende anestesiar el movimiento. Desalojan las plazas con la excusa de la suciedad, nos exigen que seamos pacíficos y a la mínima sueltan sus perros guardianes, sin ofrecer nada a cambio. Saben que el tiempo juega a su favor, es cuestión de esperar la llegada del analgésico más potente: el elixir del crecimiento económico, que reducirá el paro e insuflará de dinero nuestros bolsillos. Con el respaldo de esa gran mentira que son las estadísticas, podrán mantener su status.

Todo esto no sería posible sin la colaboración de una parte de la población: la que calla a cambio de futbol o chismorreo televisivo, que contempla el mundo desde el sofá, que vota cada cuatro años al candidato de la oposición para echar al que gobierna, que cree que marcar una equis cada cuatro años es ejercer la democracia, que piensa que los rabiosos indignados son una camarilla minoritaria de delincuentes, que compró tamiflu, que aplaudió a Bush cuando bombardeó Bagdad, que votó a Gil y a Camps. Esta parte flotante de la sociedad es la materia oscura de los físicos, aquellos que Delacroix olvidó mientras pintaba La libertad guiando al pueblo, en definitiva, un gigantesco agujero negro que engulle Historia.

Y el movimiento indignado, en una verdadera encrucijada, consciente de que ha expirado el plazo para dialogar. Sólo quedan dos caminos: sofá o cóctel. Resignación o rabia. El tercero, la justicia, ha sido sepultado una y otra vez, impunemente, por magistrados decrépitos elegidos a dedo. Con jueces vendidos queda completado el círculo del poder.

Las crisis implican cambios. El poder sólo tiene una forma de mantenerse intacto: modificándonos a nosotros. Su supervivencia pasa por reducir prestaciones sociales, derechos laborales, salarios de trabajadores públicos… Ellos mantendrán su status si nosotros lo perdemos.

Miquel Casals Roma. 

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