Con el nuevo año, España ha estrenado ministra de Sanidad. Y Ana Mato recibe esta cartera en el momento que todos los expertos califican como el más crítico de la historia de este país en lo que se refiere a la sostenibilidad del sistema sanitario. En los últimos meses hemos presenciado cómo hospitales públicos hacían expedientes de regulación de empleo (ERE’s o como me gusta llamarlos a mi, despidos masivos); los gestores dejaban de contratar profesionales para cubrir las bajas por enfermedad o maternidad con el consiguiente riesgo para el paciente o los contratos temporales se rescindían con total independencia de cuáles eran las necesidades.
Y mi profesión, la enfermería, que en la inmensa mayoría de las comunidades autónomas, disfrutaba de un paro francamente reducido, ha visto cómo el desempleo se disparaba y muchos profesionales se encontraban sin ser contratados ni un solo día al mes. Todo ello ante la más absoluta inoperancia de los sindicatos, más preocupados por sus propias guerras e intereses, es decir, en salvar como sea el número de liberados del que disfrutan y ver mermar lo mínimo los fondos que reciben históricamente de la Administración.
Se avecina un año realmente difícil para la sanidad. Y el problema es que, aunque conocemos que la situación en general es mucho más grave de lo que se pensaba, a día de hoy no hay información específica al respecto. Hasta el momento, los datos de la deuda del Sistema Nacional de Salud son absolutamente extraoficiales y puramente estimatorios y, aun así, las cifras barajadas resultan escalofriantes. Son nada menos que casi 20.000 millones de euros los que conforman el agujero que los expertos citan en sus cálculos.
El problema es que si nos atenemos a criterios económicos que lamentablemente, a día de hoy, son los prioritarios la sanidad pública, universal y gratuita podría ser vista como un auténtico lastre para la recuperación del país. Algo que llevaría al traste el que ha sido el principal pilar de nuestro estado de bienestar y un referente en todo el mundo. Porque, aunque el Sistema Nacional de Salud sea considerado el séptimo mejor del mundo por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el tercero según el ranking Newsweek, si nos atenemos a la accesibilidad probablemente sea el mejor.
Un sistema sanitario único
Tenemos una sanidad magnífica que ha permitido una democracia universal en el acceso y el uso de todos sus recursos. Cualquier persona, en caso de necesitarlo, tiene acceso a los trasplantes más complicados, a los tratamientos más novedosos, a las cirugías más innovadoras, todo ello con independencia de quiénes seamos, cuánto ganemos, dónde vivamos o qué ideología tengamos. Y, en este sentido, cabe recordar que, a día de hoy, existen países conocidos por su trayectoria democrática y por encontrarse entre las primeras potencias del mundo, a nivel tanto económico como social, donde todos los días hay gente que muere o se queda con importantes secuelas por el mero hecho de no tener dinero para pagar los tratamientos más adecuados o la tecnología más avanzada a la hora de afrontar su patología.
Ante este escenario de incertidumbre económica respecto a la sostenibilidad de nuestra sanidad, la realidad pasa por que el objetivo primordial para el año 2012 no puede ser otro que la necesidad de salvar el Sistema Nacional de Salud. Y esta opción implica necesariamente un Pacto de Estado por la Sanidad.
Un Pacto de Estado necesario
Dicha hoja de ruta del Pacto de Estado debería pasar por realizar, cuanto antes, una radiografía fidedigna, exacta y sin adornos de cómo está actualmente el Sistema Nacional de Salud y cuáles son sus puntos débiles.
Quienes conocemos la sanidad sabemos bien que, ahora mismo, podrían ahorrarse millones de euros llevando a cabo una gestión responsable, unificada, eficaz, protocolizada, coherente y sostenible que a día de hoy no se aplica por pereza administrativa.
Y es que todas las medidas aplicadas hasta el momento han sido manifiestamente ineficaces para frenar el agujero del gasto sanitario que, a pesar de todas ellas, no ha hecho más que crecer y crecer. Ni los recortes salariales que los profesionales acataron con ejemplaridad como una aportación necesaria para seguir disponiendo de una sanidad pública de calidad, ni las medidas relativas a recortes en precios de medicamentos y prescripción de genéricos han aliviado sustancialmente el problema.
Tampoco resultó efectiva la partida de 1.700 millones de euros concedida por el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, a las comunidades autónomas para cubrir las necesidades de la sanidad durante su única conferencia de presidentes convocada en septiembre de 2005. Y es que, cuando este dinero llegó a las consejerías de Hacienda, la gran mayoría de las comunidades autónomas decidió destinarlo a otros menesteres absolutamente ajenos a la prestación sanitaria y, al final, la sanidad no vio ni un euro.
El nuevo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ya llevaba en su programa el desarrollo de un Pacto de Estado por la Sanidad. Sin embargo, a día de hoy, resulta vital que esto se ponga en marcha inmediatamente, una búsqueda real de soluciones que permitan sacar adelante el Sistema Nacional de Salud. Porque nos enfrentamos a una deuda de más de 20.000 millones de euros que va creciendo cada día como consecuencia de una gestión inadecuada de los recursos. Y, como resultado de ello, estamos ante un serio riesgo de que entre en bancarrota y perdamos el acceso a uno de los derechos constitucionales como es la asistencia sanitaria. Lo que hace falta, por tanto, es un verdadero Pacto de Estado y no las escenificaciones llevadas a cabo en esta legislatura por determinadas fuerzas políticas en el Congreso y en el Senado.
Con el compromiso de todos
Para poder tener unas mínimas garantías de consenso es necesario que se cumplan dos condiciones previas: dejar atrás el interés puramente político, ideológico, corporativo o institucional; y dar participación a todos los agentes implicados, es decir, administraciones públicas, partidos políticos, profesionales sanitarios y los propios pacientes y ciudadanos. Estos últimos son fundamentales de cara a que conozcan, de primera mano y desde el primer minuto, cómo está la sanidad actual y cómo podemos salvarla.
Una vez cumplidas estas dos condiciones, el siguiente paso consistirá en decidir qué sanidad queremos, cuáles serían las prestaciones que deseamos para un futuro a medio y largo plazo. Además, será necesario consensuar bajo qué condiciones van a prestarse, determinando claramente cuál va a ser su coste, y cómo vamos a pagarlas. Y justo en este último punto, entrarían las posibles medidas a adoptar para garantizar la atención sanitaria del futuro. Es necesario, por tanto, llevar a cabo una verdadera hoja de ruta de la sanidad.
Lo cierto es que para poder salir algún día de la situación tan crítica que sufre el Sistema Nacional de Salud resulta imprescindible que, entre las diferentes medidas que se vayan a poner en marcha, se incluyan aquellas que permitan aprovechar, desde un punto de visita tanto asistencial como de gestión, el importantísimo potencial actual de todos los profesionales españoles que, como es sabido, son los más competentes de todo el mundo. Unos profesionales de la salud que seguirán, sin duda, ignorando todos aquellos retrógrados corporativistas y trasnochados gobernantes que no quieran apostar por el verdadero futuro de una sanidad ejemplar. Unos profesionales que, como se puede ver día a día, están volcados con la salud y seguridad de sus pacientes, comprometidos en mantener e, incluso, superar las cotas de calidad marcadas por los gestores.
Readaptación del texto original de Iñigo Lapetra.
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