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Diez propuestas para mejorar el Sistema Nacional de Salud

Tras varias entrevistas con algunos compañeros del departamento de salud donde trabajo, he podido llegar a las siguientes conclusiones donde se proponen una serie de reformas sencillas y efectivas para reducir el gasto sanitario y mejorar la eficiencia de los servicios de salud ya existentes, evitando así la implantación de medidas que perjudiquen directamente al paciente o a los que trabajamos en esto. Aquí están resumidas:

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  • Eliminación de las peonadas, contratando a personal adicional en horario de tarde.
  • Aumento del ratio tiempo / paciente.
  • Aumento de las plantillas de personal de Atención Primaria.
  • Puesta en práctica de programas ya desarrollados de fomento de la salud.
  • Eliminación de los tratamientos e intervenciones quirúrgicas de dudosa indicación.
  • Disminución drástica del número de fármacos autorizados para su utilización en todo el territorio nacional.
  • Uso efectivo de la unidosis.
  • Que parte del salario se obtenga a través de incentivos a la eficacia y eficiencia (no al ahorro).
  • Desarrollo completo de los planes legislativos ya aprobados respecto a las competencias y especialidades de enfermería.

Con la implantación de estas sencillas medidas, las cuales, en su mayoría ya están en desarrollo – pero que al sector privado no le convienen – se podría ahorrar alrededor de 20.000 millones de euros anuales en todo el Estado.

La décima propuesta la dejo en blanco, para que cada uno ponga algo de su parte en los comentarios…


Profesionales, el guiño.

Leyendo un artículo de Elvira Lindo sobre que “hay funcionarios y funcionarios”, compruebo que, en general, el trabajo del profesional sanitario es reconocido por muchos, sobre todo, por los que lamentablemente tienen que pasar por un hospital. La señora Lindo hablaba sobre el hospital Gregorio Marañón en concreto y sobre la eficiencia de su personal más allá de los recortes, sobre su entrega, sobre lo que tienen allí de sobrecarga asistencial y en definitiva, sobre la profesionalidad de sus trabajadores.

Quiero hacer extensible esta afirmación a todos los centros sanitarios que soportan día a día las exigencias de los usuarios, la demanda de la población, la austeridad en medios que ahora nos imponen, la responsabilidad de sus decisiones… y que lo afrontan con gran entereza, porque al final saben, que el paciente es a quien hay que proteger y cuidar, ya que la enfermedad no entiende de recortes.

El profesional está indignado, está siendo testigo de la reducción de sus retribuciones para que el país pueda afrontar “otros gastos”, y aún así, se pone la bata todos los días y hace su trabajo con la misma dedicación que en épocas más floridas. Cuando pasas por un hospital público, como paciente o como acompañante, compruebas el movimiento incesante del personal, compruebas que allí no se hacen crucigramas para pasar la jornada laboral y que los profesionales no van en coche oficial, muchos salen del metro y se meten al quirófano a salvar vidas o a mejorarlas. La vida en un centro sanitario no está parada, no se oye el tic-tac del reloj como se oye en muchas de las frías salas que tienen los Ministerios, no hay alfombras persas, ni lámparas de araña, ni un bedel custodiando una vacía habitación, en un hospital se huele la muerte y se siente la vida.

Esto es así, y es una verdad como un templo, dejemos de criticar al funcionario, y distingamos a los profesionales, como lo son, entre tantos otros, los sanitarios, que se levantan todos los días para velar por nuestra salud y que en definitiva, son el pilar del Estado de Bienestar, un Estado que debemos salvar a toda costa.

Por Amaia Uña.

Publicado originalmente en Mundo Sanitario.


Objetivo 2012: salvar el Sistema Nacional de Salud

Con el nuevo año, España ha estrenado ministra de Sanidad. Y Ana Mato recibe esta cartera en el momento que todos los expertos califican como el más crítico de la historia de este país en lo que se refiere a la sostenibilidad del sistema sanitario. En los últimos meses hemos presenciado cómo hospitales públicos hacían expedientes de regulación de empleo (ERE’s o como me gusta llamarlos a mi, despidos masivos); los gestores dejaban de contratar profesionales para cubrir las bajas por enfermedad o maternidad con el consiguiente riesgo para el paciente o los contratos temporales se rescindían con total independencia de cuáles eran las necesidades.

Y mi profesión, la enfermería, que en la inmensa mayoría de las comunidades autónomas, disfrutaba de un paro francamente reducido, ha visto cómo el desempleo se disparaba y muchos profesionales se encontraban sin ser contratados ni un solo día al mes. Todo ello ante la más absoluta inoperancia de los sindicatos, más preocupados por sus propias guerras e intereses, es decir, en salvar como sea el número de liberados del que disfrutan y ver mermar lo mínimo los fondos que reciben históricamente de la Administración.

Se avecina un año realmente difícil para la sanidad. Y el problema es que, aunque conocemos que la situación en general es mucho más grave de lo que se pensaba, a día de hoy no hay información específica al respecto. Hasta el momento, los datos de la deuda del Sistema Nacional de Salud son absolutamente extraoficiales y puramente estimatorios y, aun así, las cifras barajadas resultan escalofriantes. Son nada menos que casi 20.000 millones de euros los que conforman el agujero que los expertos citan en sus cálculos.

El problema es que si nos atenemos a criterios económicos que lamentablemente, a día de hoy, son los prioritarios la sanidad pública, universal y gratuita podría ser vista como un auténtico lastre para la recuperación del país. Algo que llevaría al traste el que ha sido el principal pilar de nuestro estado de bienestar y un referente en todo el mundo. Porque, aunque el Sistema Nacional de Salud sea considerado el séptimo mejor del mundo por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el tercero según el ranking Newsweek, si nos atenemos a la accesibilidad probablemente sea el mejor.

Un sistema sanitario único

Tenemos una sanidad magnífica que ha permitido una democracia universal en el acceso y el uso de todos sus recursos. Cualquier persona, en caso de necesitarlo, tiene acceso a los trasplantes más complicados, a los tratamientos más novedosos, a las cirugías más innovadoras, todo ello con independencia de quiénes seamos, cuánto ganemos, dónde vivamos o qué ideología tengamos. Y, en este sentido, cabe recordar que, a día de hoy, existen países conocidos por su trayectoria democrática y por encontrarse entre las primeras potencias del mundo, a nivel tanto económico como social, donde todos los días hay gente que muere o se queda con importantes secuelas por el mero hecho de no tener dinero para pagar los tratamientos más adecuados o la tecnología más avanzada a la hora de afrontar su patología.

Ante este escenario de incertidumbre económica respecto a la sostenibilidad de nuestra sanidad, la realidad pasa por que el objetivo primordial para el año 2012 no puede ser otro que la necesidad de salvar el Sistema Nacional de Salud. Y esta opción implica necesariamente un Pacto de Estado por la Sanidad.

Un Pacto de Estado necesario

Dicha hoja de ruta del Pacto de Estado debería pasar por realizar, cuanto antes, una radiografía fidedigna, exacta y sin adornos de cómo está actualmente el Sistema Nacional de Salud y cuáles son sus puntos débiles.

Quienes conocemos la sanidad sabemos bien que, ahora mismo, podrían ahorrarse millones de euros llevando a cabo una gestión responsable, unificada, eficaz, protocolizada, coherente y sostenible que a día de hoy no se aplica por pereza administrativa.

Y es que todas las medidas aplicadas hasta el momento han sido manifiestamente ineficaces para frenar el agujero del gasto sanitario que, a pesar de todas ellas, no ha hecho más que crecer y crecer. Ni los recortes salariales que los profesionales acataron con ejemplaridad como una aportación necesaria para seguir disponiendo de una sanidad pública de calidad, ni las medidas relativas a recortes en precios de medicamentos y prescripción de genéricos han aliviado sustancialmente el problema.

Tampoco resultó efectiva la partida de 1.700 millones de euros concedida por el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, a las comunidades autónomas para cubrir las necesidades de la sanidad durante su única conferencia de presidentes convocada en septiembre de 2005. Y es que, cuando este dinero llegó a las consejerías de Hacienda, la gran mayoría de las comunidades autónomas decidió destinarlo a otros menesteres absolutamente ajenos a la prestación sanitaria y, al final, la sanidad no vio ni un euro.

El nuevo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ya llevaba en su programa el desarrollo de un Pacto de Estado por la Sanidad. Sin embargo, a día de hoy, resulta vital que esto se ponga en marcha inmediatamente, una búsqueda real de soluciones que permitan sacar adelante el Sistema Nacional de Salud. Porque nos enfrentamos a una deuda de más de 20.000 millones de euros que va creciendo cada día como consecuencia de una gestión inadecuada de los recursos. Y, como resultado de ello, estamos ante un serio riesgo de que entre en bancarrota y perdamos el acceso a uno de los derechos constitucionales como es la asistencia sanitaria. Lo que hace falta, por tanto, es un verdadero Pacto de Estado y no las escenificaciones llevadas a cabo en esta legislatura por determinadas fuerzas políticas en el Congreso y en el Senado.

Con el compromiso de todos

Para poder tener unas mínimas garantías de consenso es necesario que se cumplan dos condiciones previas: dejar atrás el interés puramente político, ideológico, corporativo o institucional; y dar participación a todos los agentes implicados, es decir, administraciones públicas, partidos políticos, profesionales sanitarios y los propios pacientes y ciudadanos. Estos últimos son fundamentales de cara a que conozcan, de primera mano y desde el primer minuto, cómo está la sanidad actual y cómo podemos salvarla.

Una vez cumplidas estas dos condiciones, el siguiente paso consistirá en decidir qué sanidad queremos, cuáles serían las prestaciones que deseamos para un futuro a medio y largo plazo. Además, será necesario consensuar bajo qué condiciones van a prestarse, determinando claramente cuál va a ser su coste, y cómo vamos a pagarlas. Y justo en este último punto, entrarían las posibles medidas a adoptar para garantizar la atención sanitaria del futuro. Es necesario, por tanto, llevar a cabo una verdadera hoja de ruta de la sanidad.

Lo cierto es que para poder salir algún día de la situación tan crítica que sufre el Sistema Nacional de Salud resulta imprescindible que, entre las diferentes medidas que se vayan a poner en marcha, se incluyan aquellas que permitan aprovechar, desde un punto de visita tanto asistencial como de gestión, el importantísimo potencial actual de todos los profesionales españoles que, como es sabido, son los más competentes de todo el mundo. Unos profesionales de la salud que seguirán, sin duda, ignorando todos aquellos retrógrados corporativistas y trasnochados gobernantes que no quieran apostar por el verdadero futuro de una sanidad ejemplar. Unos profesionales que, como se puede ver día a día, están volcados con la salud y seguridad de sus pacientes, comprometidos en mantener e, incluso, superar las cotas de calidad marcadas por los gestores.

Readaptación del texto original de Iñigo Lapetra.


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