Vivo en España desde hace doce años, y como a veces escribo en la prensa española y saben que soy de Buenos Aires, cada vez que pasa algo más o menos dramático en Argentina me llaman por teléfono de una radio, de un diario, … y me piden que lo explique. A los españoles les encanta cuando nos pasa algo malo, y por eso quieren ver si un día nos quedamos sin respuesta.
A mi me gustaría mandarlos a cagar cada vez que preguntan, pero prefiero defenderme atacando. Lo que hago es llevar el tema a donde más les duele: les hablo de la cultura. Les cuento que a pesar de nuestras desgracias enquistadas, en la ciudad de Córdoba hay más estudiantes de cine que en toda Europa. Yo sé que es chovinismo, pero me da bronca, y me sale así. Les digo que en Buenos Aires la oferta teatral multiplica por veintitrés a la oferta teatral de Madrid y Barcelona juntas; les digo que la educación universitaria es libre, gratuita, y de enorme calidad; que escupimos científicos como España escupe toreros; les digo que tenemos librerías abiertas hasta tarde, donde no está el último bestseller, sino que hay libros de Camus, de Sartre, de Camilo Cela, de González Tuñon; les digo que vemos las películas en versión original subtitulada y que, después, nos vamos a comer pizzas y a discutir sobre cine. Les cuento que el Ateneo es una de las librerías más hermosas del mundo, y les muestro fotos, y se caen de culo.
A cada pregunta de mierda sobre coyuntura, sobre inseguridad, sobre ausencia de reglas de juego les digo Quino, les contesto Milstein, les retruco Bioy Casares. Es mi forma de decirles “cállate, ¿por qué me llamas solamente cuando queman a mis papás? A ti también te están incendiando el rancho”.
Hace doce años que le agradezco a la cultura argentina no quedarme mudo cuando me preguntan sobre el lugar donde nací. Hoy lunes, muy temprano, me llamaron de una radio de Barcelona: querían saber porqué, desde hoy, los argentinos no podemos recibir publicaciones literarias extranjeras, ni revistas científicas, ni novelas, ni ensayos, ni cualquier tipo de libro en nuestros domicilios particulares, ni en nuestras universidades, ni en nuestros laboratorios. Me preguntaron esta mañana del siglo XXI porqué los paquetes de DHL o de FedEx, que dentro tienen libros o tienen publicaciones, van a quedar confiscados en un aeropuerto; porqué un porteño va a tener que viajar treinta y cinco kilómetros para retirar ese paquete pagando una especie de fianza de cincuenta euros adicionales. Miento, la pregunta fue todavía más hija de puta, me preguntaron porqué un científico tukumano que está subscrito a la revista Nature tendrá que viajar cada mes mil doscientos kilómetros para retirar su ejemplar; me preguntaron cómo voy a hacer yo para mandarle un ejemplar de la última edición española de mis libros a mi mamá, que vive en Luján; me preguntaron como puede ser que nos esté pasando esto, si somos tan cultos.
Y así fue como hoy, después de muchos años de tener una respuesta para todo me cerraron el orto.
Hernán Casciari
Me gusta:
Me gusta Cargando...