Ante las amenazas que he recibido de cierto sector fascista quiero dejar lo más clara posible mi postura sobre los hechos que últimamente acontecen en España y parte del mundo.
Sobre los sindicatos, huelgas y manifestaciones: no apoyo a ningún sindicato actualmente, salvo aquel que considero que sí me representa como profesional sanitario, Satse, que incluso en tiempos de bonanza ha luchado por el prosperar de mi profesión. Al resto los considero meros actores trasnochados venidos a menos. Se aprovechan de la coyuntura economico-laboral actual para beneficio propio, cuando ya no les mantienen los bolsillos llenos o en oscura connivencia con el poder establecido. A pesar de todo esto, bien articulados son una herramienta útil e indispensable del trabajador, a través de los cuales históricamente se han conseguido grandes triunfos y derechos de los que actualmente disfrutamos todas las clases trabajadoras, y en los que se podrían conseguir muchos más beneficios e impedir abusos si, como ya he dicho, su quehacer se articulara conforme a un funcionamiento menos corrupto.
Los acontecimientos clave que vivimos a día de hoy, entre huelgas y manifestaciones, nos dejan un panorama días después vergonzoso por parte de sectores aislados y de la prensa amarillista que deberían centrar el titular y la opinión de la mayoría, no de grupos aislados. Considero imprescindible, en el contexto actual, que todo aquel que pueda asista a actos de este tipo, siempre que coincida con las reivindicaciones. Pues aunque no se coincida en uno o dos puntos, creo que hay sobradamente motivos para asistir, los hay más para ir que para no ir. Cualquier acontecimiento de este tipo debería aprovecharse para mostrar el descontento aunque no se esté de acuerdo en algunos aspectos, el fondo de la protesta viene siendo el mismo.
Sobre la violencia: no la comparto, de ningún tipo. Los insultos y actos violentos en general son claramente punibles y no me extenderé más en este punto. Hay medios por los cuales se articulan dos tipos de violencia que hasta ahora eran obviados: la policial y la estructural del Estado.
La violencia estructural que comete el Estado es más grave que cualquier otro tipo de violencia que podamos ver actualmente, lo aclaro a continuación:
No se puede entender el problema de la violencia política sin conceptuar a la política como la organización y aplicación sistemática de determinadas relaciones de poder, como la articulación de un conjunto de medios para la consecución y la preservación de éste. La política organiza el poder, le otorga forma estatal y viabiliza un proyecto socio-económico de clase. En este marco, la violencia es parte activa de la estructura social, no es sólo un instrumento o medio de lucha, sino sobre todo un modo de conflicto.
El surgimiento de la violencia política está estrechamente vinculado al desarrollo de la propiedad privada, y es sólo en el transcurso de la consolidación histórica de ésta, que la violencia se transforma en manifestación específica de poder social.
El principal organizador y concentrador de la violencia estructural es el Estado, de manera que cualquier intento por legitimar y justificar la violencia ejercida por la clase en el poder, pasa por legitimar el Estado. El objetivo básico que se persigue es despolitizar, desideologizar y neutralizar el Estado, presentarlo como el sintetizador del “bien común” y garante de la “ley y el orden”.
Históricamente a través de diversos medios de socialización -la estructura educacional, los medios de comunicación, entre otros-, la clase dominante ha ido configurando un sistema de valores, normas, conceptos y categorías tendientes a justificar su dominio: su preponderancia monopólica, sus instancias de organización y la vida de los individuos. Medios entre los cuales la autentificación del uso de la violencia en sus diferentes formas por parte del Estado, su institucionalidad, sus fuerzas armadas y policiales, han sido una constante. Esta manipulación ideológica se ha sostenido en tres ejes esenciales:
a) Ocultar la violencia estructural propiamente tal.
b) Legitimar la represión institucional.
c) Deslegitimar toda violencia social contra el sistema.
La violencia es inherente a una estructura social injusta, a un orden social basado en la explotación del trabajo por el capital, en la exclusión y marginación económica, social y cultural de vastos sectores de la sociedad. De hecho la violencia no se reduce únicamente a su manifestación más ostensible, a su forma represiva. Esta última es sólo una vía que permite mantener maniobrando y desarrollándose a la violencia estructural en su conjunto, al capitalismo.
La violencia no se puede separar de la política y no es sólo un instrumento auxiliar al cual se recurre en momentos de crisis. 1
A través de todo esto se articula la violencia policial. Podemos ver como tristemente se ha legitimado este tipo de violencia a través de un término conocido como monopolio de la violencia, como excusa para proteger al grueso de la población. Se prefiere invertir en este monopolio antes que en investigaciones científicas que resuelvan el problema del individualismo y el sistema monetario, causantes de la totalidad de los hechos criminales, trascendiendo así a éstos y llegando al colectivismo y otros sistemas similares propuestos por Jaques F.
A nivel individual se puede comprobar a diario como cada miembro que compone a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado ha olvidado que está al servicio del ciudadano, situándose y creyéndose por encima de éste. Muchos de ellos abogan por el patriotismo, con todo lo que ello conlleva, cuando deberíamos trascender también a él y abogar por el cosmopolismo y la eliminación de fronteras artificiales.
Sobre la lucha de clases y la política: la decadencia de la clase política actual es un hecho. Pero también hay alternativas maduras presentándose a liderar un cambio. Considero obligación de todo ciudadano que ejerce su derecho al voto democrático el estudiarse el programa de las alternativas políticas que hay sobre la mesa antes de ejercer este derecho a la ligera, obviando a aquellos más populistas o que históricamente han demostrado su incapacidad política. El compromiso es de todos.
Un compromiso ciudadano global como el que he escrito a lo largo de estos párrafos implica sacrificios que no todos están dispuestos a cumplir por pereza o incapacidad. Y creo que este es el gran problema, que no se hace un esfuerzo colectivo por mejorar, estudiar y trabajar intelectualmente en busca de una mejora trascendental.
D. Juste
Bibliografía:
1*: La haine – proyecto de desobediencia informativa.
2*: Weber, Max. The Theory of Social and Economic Organization (1964). p. 154
3*: Hobbes T., “Leviatán”.
4*: Engels: “La condición de la clase obrera en Inglaterra”, 1844.
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