Durante el día de ayer y la jornada de hoy jueves la Tierra está sufriendo los efectos de una tormenta geomagnética y con la ocasión no ha faltado quien alerte de la inminencia del fin del mundo. El fenómeno no es nada que no se esperase o que no haya ocurrido cientos de veces en la historia de nuestra civilización, pero en 2012, el año señalado para que la vida humana toque a su fin, la carencia de antecedentes parece ser lo de menos.
La tormenta geomagnética más potente de la que se tiene constancia ocurrió en 1859, no obstante, y produjo auroras boreales y australes visibles desde el ecuador, pero nada más. Estas perturbaciones se originan con la eyección de masa solar, que interactúa con el campo magnético terrestre al azotar nuestro planeta, y tienen lugar con mayor o menor frecuencia e intensidad según el sol experimenta sus ciclos de actividad. El último pico se registró en el año 2000 y el siguiente se prevé a lo largo de 2012. Quizás sea esta la razón por la calidad y cantidad de los acontecimientos que se están viviendo a lo largo de estos pocos días en España, y en la Comunidad Valenciana en particular.
El año del fin del mundo
Esto sucedería, claro está, si conseguimos llegar con vida o sobrevivir a los abyectos compromisos que nos está sometiendo la vil carroña política de nuestro tiempo. Los días que vivimos en esta época pasarán si o si a la posteridad, sea como el verdadero fin del mundo, como el fin de una cultura neoliberal, o como el mayor fiasco de la historia contemporánea de las civilizaciones. Al fin y al cabo, en mesopotamia hace varios miles de años ya vislumbraron este año como el fin del mundo, lo que no especificaron es de qué manera sucedería.
A continuación transcribo literalmente un artículo de Ignacio Escolar, donde dicta algunos puntos con detalle de por qué escribo estas cosas:
La injusticia más terrible no es que Camps haya sido declarado “no culpable” mientras el juez que destapó la Gürtel, Baltasar Garzón, probablemente vaya a ser condenado. La verdadera y flagrante injusticia es que el presidente que contrató 14 millones de euros con su “amiguito del alma”, que pagó 15 millones por una maqueta y un proyecto de un rascacielos jamás construido de Santiago Calatrava o que entregó otros dos millones a Urdangarin, sólo haya sido juzgado por una anécdota menor, por los 12.000 euros en trajes.
Camps también era el máximo responsable de un partido, el PP valenciano, que aún está pendiente de un juicio por presunta financiación ilegal. Camps sigue siendo el político que mintió cuando dijo que ese Bigotes al que después supimos quería “un huevo” era un señor al que no conocía de nada. Camps era el mismo presidente de la Generalitat Valenciana que confiaba de manera tan ciega en el Bigotes que incluso su número dos en el partido, Ric Costa, pedía al hombre de la Gürtel en Valencia que intercediese en su favor, que susurrase su nombre en el oído del jefe para lograr un ascenso.
Camps no es culpable –dice el jurado Popular, en proporción similar al veredicto de las urnas–, mientras que sus subalternos, Campos y Betoret, se autoinculparon; el propio Camps estuvo a punto de aceptar la condena, como le aconsejaba el PP, que ahora clama por su inocencia. ¿Volverán a nombrarle presidente de la Generalitat Valenciana (técnicamente es posible, nunca abandonó su escaño)? ¿Lo recuperará Mariano Rajoy como ministro? ¿Lo canonizarán en vida ante el más que evidente milagro? No lo pierdan de vista. La vergüenza nacional que provoca el circo de las tres pistas de la Gürtel aún no se ha terminado.
Solo veo dos situaciones de escape a esta situación tan inestable de mi país. La primera hace referencia a un hecho sobrenatural al que ya me referí ayer en mi twitter, como podría ser la misma resucitación de Montesquieu, hecho harto difícil de conseguir, aunque teniendo en cuenta la época de desilustración actual no sé si sería conveniente poner en marcha una empresa como esta. La segunda es la más sencilla de todas y pienso personalmente que no tardará en suceder, consiste básicamente en que vengan una pandilla de marcianos y nos fulminen a todos.
A lo mejor sería conveniente empezar por la segunda y terminar por la primera, ahora que caigo. En cualquier caso considero estos hechos tan inverosímiles como la única válvula de escape a la situación actual. Visto lo visto, mejor me visto con un traje, claro.
Edito: unos momentos después de publicar este artículo leo en ABC que Garzón ha decidido exiliarse de España por todo lo sucedido con su persona y alrededor de la justicia de este, nuestro querido país. Aplaudo su decisión. No la comparto, porque es perder a un gran jurista, pero conforme están las cosas, incluso yo me planteo irme. No sé vosotros, pero yo no soporto el olor a podrido.





